“La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: ‘Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido.’ También los soldados se burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: ‘Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.’ Porque había sobre la cruz un letrero que decía: ‘Este es el rey de los judíos.’”Lc 23,35-38
Este pasaje del Evangelio de Lucas nos presenta una situación en la que todos nos encontramos. Vemos en la escena a diferentes actores que intervienen frente al crucificado, adoptando diversas actitudes. Todos miraban la cruz de Jesucristo.
Unos, los que lo estaban crucificando por órdenes de Pilatos, otros que pedían su muerte y querían verlo humillado y mancillado. Otros que piadosamente venían a atestiguar con horror la muerte del Mesías, del Salvador.
Pero también entran en escena todas las personas que allí estaban, y que no tenían una participación protagónica en el hecho. Personas que simplemente pasaban por allí, y que por pura curiosidad se acercaban a mirar la ejecución. Había también quienes querían ver lo ocurrido sin inmiscuirse demasiado, por miedo a ser envueltos en acusaciones y persecución, o incluso la misma muerte. Entre ellos podemos contar a muchos de los discípulos o a los mismos Apóstoles de Jesús.
Seguramente también encontraríamos a comerciantes, publicanos, mercaderes y otras gentes ajenas a la situación que simplemente estaban en el lugar, pero que acudían a Jerusalén cada año por miles para atender sus negocios, sus ofrendas o todo aquello que una gran ciudad puede ofrecer en fechas importantes.
De todas estas personas, protagonistas o no, reconocemos muchas actitudes relacionadas a aquello que nuestro Señor nos pide en no pocas ocasiones: CONTEMPLAME EN LA CRUZ.
Es indudable, y aquí no tenemos riesgo de error, que todo hombre en la tierra mira hacia la Cruz del Calvario, y en ella a Jesucristo, Hijo único de Dios, entregando su propia vida por la salvación de la humanidad. Toda persona, creyente o atea; tibia, fría o ardiente en la fe; practicante o pasiva, enemiga o entregada, tiene los ojos puestos en la cruz más de una vez en su vida.
El punto de inflexión viene cuando cada uno adopta una postura diferente frente a esa escena cúspide en la historia de la salvación. Cada uno se identifica con esos actores que veíamos en la escena del Evangelio.
Hay quienes como María y el discípulo amado contemplan la Cruz con admiración, con agradecimiento y con sentimiento de injusticia, ya que alguien más padeció por sus propias culpas, y están dispuestos a hacer algo por reparar el daño.
Otros miran la Cruz con desprecio, sintiendo que es algo demasiado insignificante y molesto para su dignísima humanidad el tener que escuchar a ese hombre que se hace pasar por Dios, o que promete muchas cosas que no les representan nada de ganancia ni valor.
Hay muchos, tal vez demasiados, que conociendo a ese Jesús en quien creyeron, miran la escena desde lejos, desde la comodidad del anonimato, y prefieren no acercarse mucho para no ser mal vistos, o por vergüenza.
Para otros será la incomodidad y flojera de tener que cambiar de vida, pero no pretenden siquiera girar la mirada para descubrir la verdad de sus miserias.
Están también, claro, los que no creen en el crucificado, tal vez ni lo conozcan, y que simplemente miran todo por pura curiosidad y pasan de largo. Sin darse cuenta que quizás están perdiendo la única oportunidad de encontrar vida verdadera, y continúan su camino viviendo de puras ilusiones, o de brillos herrumbrados del metal.
Cada uno de nosotros tiene que analizar su propio corazón y darse cuenta de que no podemos evitar estar en escena. No importa la manera en que lo justifiquemos o disfracemos nuestra conciencia. Inevitablemente TODA PERSONA mira la Cruz de Cristo. El problema es… desde dónde la miramos y con qué personaje me identifico. Más allá de esto, sólo queda decidir qué hacer si quiero cambiar de lugar.